
Te oigo ir y venir por tus sitios vacíos,
por tu silencio que reconozco desde lejos,
antes de abrir la puerta de la casa
cuando vuelvo de noche.
Te oigo en tus sueños
y en las ventanas nubladas del alcanfor.
Te oigo cuando escucho otros pasos por el corredor,
otra voz que no es la tuya.
Todavía reconozco tus manos
de amaranto y pluma gastadas,
aquí, a la orilla de tu océano baldío.
Me has dado una cita pero tú no has venido,
y me has mandado a decir
con alguien que no conozco,
que te disculpe, que no puedes verme ya.
Y ahora, me digo yo abriendo tu ropero,
mirando tus vestidos;
¿ahora qué les voy a decir a las rosas que te gustan tanto,
que le voy a decir a tu cuarto, mamá?
¿Qué les voy a decir a tus cosas, si no puedo
pasarles la mano suavemente y hablarles en voz baja?
Te oigo caminar por el corredor
y sé que no puedes voltear a verme por que la puerta,
sin querer, se cerró con este viento
que toda la tarde estuvo soplando.
José Carlos Becerra


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